Arrabal Fernando

FERNANDO ARRABAL

¡CHIVO!

15 DE NOVIEMBRE DE 2020

Version espagnole

«El cine no era un juego: era una sensación… en la oscuridad. Sentía necesidad de asistir acompañado para multiplicar la excitación a flor de piel. Mi cuerpo planeaba al borde del arrebato como la gaviota se elevaba con la brisa e incluso me parecía que temblaba de felicidad. Un día realizaría películas para un inmenso auditorio de siete personas. Incluso durmiendo intentaba organizar mi cafarnaúm»

 

TENÍA doce años cuando por vez primera fui al cine. ¿Todas las lenguas se volvieron arcaicas? Asistí a aquel estreno, a aquella primera vez, enardecido, al acecho de increíbles Floridas. La sala me pareció ser una alcoba oscura en la que todo podía suceder. Todos estábamos solos con todos los demás. ¿Lugar de perdición donde, según los más fervorosos, se podía temer incluso el asalto de pa- jilleras?
Me acuerdo de aquella prodigiosa
época de la primera vez. A los que nada les satisfacía en el cine, luego ya todo les contentaba. Cuando la mis- ma realidad era prodigiosa o despia- dada. Lo que veía a ráfagas en la pan- talla formaba el cortejo adecuado de lo que sentía. ¡Qué excitación tan mis- teriosa! Todo parecía demasiado cier- to para ser auténtico. Revueltas emo- ciones que me inspiraron sueños más cabales que el vivir. Todo era inaudi- to embrollo revelador de lo esencial.
¡Qué diferente me pareció de todo el cine! ¡Casi tan extraordinario como el teatro.
A los cinco años en Ciudad Rodri- go asistí a la primera obra teatral de
mi vida. Quedé prendado por aquel juego tan voluminoso y particular, ¡aquel juguete tan exac- to! Todos los niños son prodigios y no solo los superdotados o los directores de orquesta con pantalones cortos. Toda obra de teatro era una clave de su propia intriga. Pero sobre todo me sugestionó de tal manera el lugar que al día si- guiente construí otro cubo semejante (la skena griega) de cartón. En él hice entrar y salir per- sonajes de cartulina pegados en varillas de ma- dera… como en el teatro. Intentando descifrar quién ya volvió o quién no hubiera debido irse. Me gustaba rumiar el cielo con la tierra. Los lu- ceros incluso solo podían admirar de lejos.
Aquel juego era más apasionante que los de- más. Mucho más que las batallas con ejércitos de pajaritas o soldados de plomo que nos en- frentaban en nuestras buhardillas a mis ami- gos y a mí. Como reverberación de la guerra mundial. Los había anglófilos entre nosotros y los había todo lo contrario. Y quién me iba a decir que cuando asistí llorando a la llegada de los primeros tanques ocupando París… No me daba cuenta de que ya jugaba a ser Dios. Como anhelaba mi maestra. E incluso, a veces, creía conseguirlo.
El cine no era un juego: era una sensación… en la oscuridad. Sentía necesidad de asistir acompañado para multiplicar la excitación a flor de piel. Mi cuerpo planeaba al borde del arrebato como la gaviota se elevaba con la brisa e incluso me parecía que temblaba de felicidad. Un día realizaría películas para un inmenso au- ditorio de siete personas. Incluso durmiendo intentaba organizar mi cafarnaúm.
La primera obra de teatro que vi no distrajo mi concentración pendiente del misterioso jue- go de entradas y salidas. Era una obra ¿en ver- so? El Don Juan Tenorio popular que se repre- sentaba entonces en España nada menos que el día… de difuntos. A pesar de que las urnas nunca cambian de idea.
En verdad durante la primera película que vi, por unos instantes, la imagen venció a la sensualidad. Pronto juntas se aliaron para for- mar una emoción nueva e indescriptible. La película se llamaba Escuela de sirenas y corres- pondía perfectamente, según algunos decido- res, a esa vulgar exhibición yanquee, a esa ple- beya pornografía para rumiantes de chicle que es el cine. Cine que me enseñaba lo que no se enseñaba y era fundamental aprender. Y todos, chicas y chicos, aprendimos en secreto inclu- so a deliciosamente mascar aquel enigmático chicle.
Las primeras imágenes que entre- ví (luego iba a ver la película dieci- nueve veces) fueron inolvidables. Por cierto y por casualidad en ellas apa- rece como figurante uno de los tira- nos a quien dirigí una carta (The Best of MGM: Golden Years de Parish y G.
W. Mank). Mostraba la película a una gigantesca moza, ¡una sirena! medio desnuda que mariposeaba al borde una piscina. Rechazaba juguetona a un chaparro y rollizo barítono colom- biano vestido de torero de gala. Aquel espectáculo tan degradante según los más sabidos se alojaba a las mil ma- ravillas en aquella alcoba en que se había convertido la sala. ¿Era yo el fe- liz pero atormentado testigo de mi propia caída? Hasta que comprendí que podía gozar divinamente del otro que, en secreto, en mí mismo residía. Poco antes de cumplir los cuaren-
ta años decidí dirigir por vez prime- ra una película. A Pirandello, según su propio testimonio, le visitó una mujer vestida de negro: fantasía. La que a mí me visitó, al comenzar a fil- mar, vino vestida de todos los colo- res y adornada con todos los realces: los de ciencia, filosofía, poesía y amor. No se llamaba fantasía, sino imagi- nación. Era nada menos que el arte de combinar recuerdos y emociones.

 

Como mi padre había desaparecido ¡anhelaba de tal manera ser digno de él, de aquel mítico héroe! Tenía que ser diferente a los demás… como él. Pedí al destino que hiciera de mí un cojo, como Edi- po lo había sido. Deseaba que un defecto físi- co marcara en mi cuerpo el signo del chivo ex- piatorio. Pronto comprendí que no tenía nece- sidad de cojear… estaba tuberculoso. Estaba en condiciones de seducir incluso a mi propia ma- dre. Me encontraba en la situación de Edipo. La peste asolaba Tebas y la guerra Europa. Cuan- do las lagartijas ya no corren en los velódro- mos ni los titanes en los coliseos.
Cuando nada lo resuelve todo, ¿quién pue- de dudar de que mis obras escritas o filmadas son más de lo que sugieren? ¿La realidad es cada día más aturdida? Los siete largometra- jes y las cien piezas de teatro que he realizado, creándome, van, alterando, el orden de la cau- salidad, haciendo de mí su obra, como en el al- baricoque el hueso engendra vida.

FERNANDO ARRABAL ES DRAMATURGO