Arrabal Fernando

FERNANDO ARRABAL

SIN FUNCIÓN

7 DE SEPTIEMBRE DE 2019

Version espagnole

«Sin merecerlo ni remotamente parece ser que “en mi teatro no se pone el sol”. Eso me dicen generosamente los académicos y universitarios que me hacen el favor inmerecido de estudiar y analizar mis modestas piezas»

 

EL teatro es un efímero siempre, un gaudeamus y a veces una hecatombe que desde la primera vez, sin razón ninguna (sin comérmelo ni bebérmelo), me ha dado día y noche, y me ofrece aquí y allá, toda la cla-
se de bienandanzas que puede obtener un poeta dramático. Desde España a veces me escriben corros de espontáneos pánicos e hispánicos, de desconocidos actores, «muy cordialmente». El más reciente mensaje de ellos desde Madrid es el que más me perturba y emociona.
Sin merecerlo ni remotamente parece ser que
«en mi teatro no se pone el sol». Eso me dicen generosamente los académicos y universitarios que me hacen el favor inmerecido de estudiar y analizar mis modestas piezas. En España a los que redactan estas peliagudas encuestas (los «doctorantes») se dice con razón que «defienden» su tesis, cuando en otros países tan solo «la sostienen». Debo a los «doctorantes» como a los
«teatreros»… que me escriben motu proprio ¿de no haber desvanecido?
¡Cuánto les debo a todos ellos como a mis profesores y en especial a la inolvidable madre Mercedes! De adolescente yo creía, y los que me rodeaban lo confirmaban, ser un dibujante o un pintor. En todo caso era mi dedicación primera y casi única. Me repetía eufórico: «Seré pintor “como mi padre” que desde la cárcel de Burgos…».
Lo menos a que dedicaba mi tiempo era a escribir. A veces, «componía cosas», diálogos casi siempre, para conseguir captar la atención de mi madre. A mi primera pieza Picnic, la más longeva –del año catapún– la llamé Picnic en el campo de batalla, y ya en el año de la pera, a El triciclo la nombré Los hombres del triciclo. No sé por qué en la localidad más recóndita pueden «poner» una función titulada por ejemplo El triciclo o Picnic o… ¿Qué tienen estas obras para que en Tegucigalpa o Tatanarive se representen o se hayan representado? ¿Por qué nada menos que los coreanos del mismísimo norte podían deslumbrarme en Moscú con sus adaptaciones de estos textos de mi adolescencia, como tantos pueblos o ciudades españoles me encantan hoy con su preciosas funciones para aficionados?
No sé por qué se suele recordar, creo y supongo que sin malicia alguna, mi primer estreno urbi et orbi que sucedió precisamente en Madrid tan dis-
paratada como atolondradamente. Creo que ya casi nadie va quedando de los que asistimos a semejante representación. Los mejor inspirados, generalmente de buena fe, afirman hoy que el autor (ese era yo hace 62 años a los 25 años) ante una bronca tan descomunal y un pateo tan ensordecedor de un público encolerizado salió del escenario cabizbajo para largarse a París…
En realidad yo ya estaba en Bouffémont (Francia) desde 1955 y claro sin que mi destierro tuviera nada absolutamente que ver con la acogida de El triciclo el 16 de enero de 1958 en Madrid.
La tuberculosis me retenía en un sanatorio francés cuando me enteré de la asombrosa noticia: el que para mí era el mejor grupo español de teatro (Dido) iba a estrenar mi obra en uno de los más hermosos teatros de Madrid: El Bellas Artes: la gran sala que ¿nada tiene que ver con la que hoy también se llama así? Precisamente Dido estaba representando el mejor teatro «del mundo y parte del extranjero» dando a conocer desde Eugen Ionescu hasta Samuel Beckett. A los 25 años me emparejaba con semejantes precursores y con los que yo consideraba los mejores actores de aquel momento como Victoria Rodríguez, la novia de Antonio Buero Vallejo (premio Cervantes), con el aval, entonces, de su próximo marido.
Los menos complacientes oyeron gritos y pateos donde yo, más que conmovido, solo escuché una ovación cerrada.
Josefina Sánchez Pedreño –espero y anhelo como me importa que a su ocultación Pan la haya conducido al sol– fue una mujer excepcional que cuenta y ha contado en mi vida como la madre Mercedes. Fue la persona inteligente y valiente que me sacó literalmente de la cárcel de Carabanchel… Para ilustrar el éxito público que abarrotó el teatro, su novia y ella solían contar cómo a última hora se presentó el gran dramaturgo español («el mayor por antonomasia», según todos) don Joaquín Calvo Sotelo de la Real Academia Española de la Lengua y Gran Cruz de la Orden de Isabel la Católica, con la esperanza de ver la obra. Pero a pesar de sus constantes triunfos como autor y el renombre familiar no pudieron acogerle, y tuvieron que decirle que no quedaba ni una sola entrada.
Se ha aireado mucho la crítica hostil en Arriba del gran novelista don Gonzalo Torrente Ballester (premio Príncipe de Asturias de 1982 y premio Cervantes 1985). Creo que en conciencia y con toda honestidad no le gustó en absoluto mi obra, como meses después tampoco apreció ni la pieza de Samuel Beckett ni la traducción de «Final de partida» realizada por mi novia de entonces y hoy esposa.
Mi primer estreno en París ocurrió ya cuando tenía 26 años, en el teatro Lutèce con la dirección de Jean-Marie Serreau. Esta vez no trató de venir ningún gran dramaturgo. Por ejemplo, Anouilh
se enteró (como la mayoría de mis futuros colegas) de mi existencia por mi apresamiento en una cárcel madrileña. Por cierto intentó muy generosamente interceder por mi liberación pidiendo a «su amigo» el nuncio de Su Santidad (que llegaría a ser Papa) que solicitara… Por si fuera poco esta vez la mayoría del público y de la crítica no apreció el espectáculo que formábamos Bertolt Brecht y yo. Los que tuvieron la amabilidad de no citarme demasiado anatematizaron al autor alemán abroncándole o descalificándole.
De mi primer estreno neoyorquino en un programa doble con el «The zoo story» me quedan muy pocos recuerdos. El productor estaba muy orgulloso (ante mi estupor) de crear, como en París, un teatro «miserable para dos obras miserabilistas». La primera vez que vi a mi duetista, Eduard Albee, por el contrario creí que se había acicalado un poquitín excesivamente e incluso me pareció (erróneamente) que se había hecho la manicura de una mano. Ya en otras visitas neoyorquinas, su agente me contó algunas de sus violentas aventuras que nada tenían que ver con la primera impresión.
En realidad siempre fui muy amigo de los colegas que conozco o que conocí. Creo que todos o casi todos (menos a los que se les prohibió el «partido») me defendieron cuando estaba en la cárcel. Arthur Miller en la última página de sus memorias «Timebends» dijo: «F.A. es un autor de la mayor importancia y uno de mis preferidos desde hace mucho tiempo», y Samuel Beckett escribió a los jueces de 1966. «…Mucho tendrá que sufrir F.A para escribir… que F.A. sea entregado a su propio dolor»: en la política ocurre todo lo contrario. El gran enemigo de los estalinistas en el poder ¿fueron los troskistas? El de los SS ¿los SA? De César ¿Marco Junio Bruto Capión?

 

El grupo de actores me informa cordialmente bajo el título: «Un desastre para la profesión: …cualquier teatro del mundo, por ejemplo, el Fernando Arrabal de Ciudad Rodrigo, está abierto a las representaciones teatrales, cualquier día del año. Los dirigentes de Madrid ¿tienen o han tenido venia? Se permiten el lujo de paralizar una sala de espectáculo durante años. Parece que no le importe a nadie demasiado que el teatro (o sala) Fernando Arrabal de Madrid permanezca total y absolutamente cerrado. ¡Que uno de los mayores y mejores teatros europeos con excelente maquinaria y tramoya de las más hermosas y “modernas” siga paralizado desde que pusieron su nombre! ¿Por qué esta excepción flagrante? Han pasado días, semanas, meses, años…».
La verdad es que me importa en demasía. Pero sería indecente que… yo …me quejara.

FERNANDO ARRABAL ES DRAMATURGO